Mi amiga y lejana alegría lucha contra ella cada día, pero no consigue arrancarla de esa comodidad para siempre. Parece abandonarla, un rato, en los momentos de jaleo, al escuchar voces estrañas. Posiblemente salga a estirar las piernas, o fumarse un cigarro, para tumbarse de nuevo cuando vuelve la calmada soledad.
Categoría: soledad
Hace frío y la ducha me espera. No sé si me hago la remolona por el frío, o porque sé que el chorro de agua se llevará el día de ayer. He vuelto a caer. He vuelto a llorar. Otra vez, con la sensación de no poder parar. Querer y no poder parar.
El agua caliente borrará las huellas de mi cara. Quitará el mal estar de mi piel. Hará que hoy sea un nuevo día. Que todo vuelva a ser como antes. O quizás no! Otra vez más fuerte, con más escudos, Volveré a empezar. Otro principio.
Me voy a la ducha. Y cuando salga veremos que nuevo camino toca tomar.
Caminaba sola por la arena húmeda. Una noche realmente oscura, iluminada únicamente por las cinco farolas que acompañaban el pantalán. La luz sólo alcanzaba a los barcos, al agua y a la franja de arena más cercana al muro. Triste, sola y con ganas de llorar un rato, buscaba una piedra lisa en el muro para apoyar su espalda.
Sentada en la arena con las rodillas pegadas a su pecho, los brazos sobre ellas. la humedad le calaba un poco más el alma si cabe.
La noche estaba en silencio. Sólo se oía el agua calmada chocando por momentos con alguna de las piedras que formaban el muelle.
Miraba al frente. El leve danzar de las barcas y barcos casi imperceptible. La gran calma que reinaba la playa contrastaba con el desasosiego que reinaba en su cabeza. Todo iba mal otra vez. Sólo eran pequeñas cosas, pero eran demasiadas pequeñas cosas.
Las lágrimas caían por sus mejillas sin freno.
Pescadores furtivos rompen la calma de la noche. Frenan las lágrimas. Dos hombres buscan ingresos extras, o simplemente alimento para sus familias. Trabajo en equipo, duro, coordinado, rápido y silencioso.
Se van con la misma rapidez y cautela con la que llegan. En pocos segundos vuelve la calma.
Las lágrimas siguen dentro, pero las pequeñas cosas han perdido importancia.
Se levanta. Se despega de la fría piedra y de la humedad de la arena. Camina cabizbaja volviendo sobre sus pasos. Deshaciendo sus propias huellas...
Hoy era uno de ellos.
Hacía ya 50 años, 50 largos años, en los que había sido incapaz de AMAR. Había logrado QUERER, pero nunca vuelto a amar. El dolor no le dejaba. No sabe, muy bien el porqué, pero una fuerte angustia, un terrible miedo, que con los días se transformaba en dolor, la hacía echar a correr.
A sus 77 años había olvidado caras, pero recordaba caricias, besos, palabras, sonrisas, momentos...
La mayor parte de sus amores le habían dejado dulces y agradables recuerdos. Dulces recuerdos que ella aparcaba para siempre, pues prefería alejarse, antes que se truncaran desagradables.
Sobrepasar los límites del querer. Sentirse dueña de alguien, y saberse esclava, en cambio; le aceleraba el corazón. Tanto que se sentía perdida, sentía que volvía a dejar su alma en manos enemigas, y por eso, corría, corría y corría.
Pero ahora sentía que el tiempo, eterno caminante, incansable, no perdonaba.
Vivía sola, dormía sola, se sentía sola.
Sus recuerdos no la acariciaban. Los besos no dormían con ella, las sonrisas no le hacían sonreír, los momentos de compañía ya no volvían.
Después de tantos años, tantos amores... moría sola.
Hoy fue mi primer día de este año. Mi primer día sola. Éste es el único sitio en el que verdaderamente disfruto de mi soledad. Pero sólo en estos días. En los días en los que está desierta. En los días en los que no nos atrevemos todavía a coger el bikini y tumbarnos a tomar el sol. Siempre hay algún "loco" que lo hace. He cogido mi toalla, mi libro "El psicoanalista", últimamente olvidado, mis gafas de sol, mi móvil, y me he tiado en la area. No había nadie. Se contaban las almas con los dedos de una de mis manos. Aunque ya no era así cuando decidí recogerme de mi apacible y deseada soledad. Me encanta disfrutar de esas dos horas así. Gracias a ello el día de hoy ya ha valido la pena. Me he encontrado a mí misma. He recordado días en los que disfrutaba igualmente de esa soledad, pero cuando llegaba a casa, alguien me esperaba, o llegaría al rato. He sentido, con alegría, que no hay gran diferencia entre aquellos días y los de hoy. He sabido coger la soledad y disfrutar de ella, como antaño. Sigo siendo yo. La misma de siempre.