Aunque se sentía feliz, había días que se entristecía con los recuerdos.

Hoy era uno de ellos.

Hacía ya 50 años, 50 largos años, en los que había sido incapaz de AMAR. Había logrado QUERER, pero nunca vuelto a amar. El dolor no le dejaba. No sabe, muy bien el porqué, pero una fuerte angustia, un terrible miedo, que con los días se transformaba en dolor, la hacía echar a correr.

A sus 77 años había olvidado caras, pero recordaba caricias, besos, palabras, sonrisas, momentos...

La mayor parte de sus amores le habían dejado dulces y agradables recuerdos. Dulces recuerdos que ella aparcaba para siempre, pues prefería alejarse, antes que se truncaran desagradables.

Sobrepasar los límites del querer. Sentirse dueña de alguien, y saberse esclava, en cambio; le aceleraba el corazón. Tanto que se sentía perdida, sentía que volvía a dejar su alma en manos enemigas, y por eso, corría, corría y corría.

Pero ahora sentía que el tiempo, eterno caminante, incansable, no perdonaba.

Vivía sola, dormía sola, se sentía sola.

Sus recuerdos no la acariciaban. Los besos no dormían con ella, las sonrisas no le hacían sonreír, los momentos de compañía ya no volvían.

Después de tantos años, tantos amores... moría sola.