Caminaba sola por la arena húmeda. Una noche realmente oscura, iluminada únicamente por las cinco farolas que acompañaban el pantalán. La luz sólo alcanzaba a los barcos, al agua y a la franja de arena más cercana al muro. Triste, sola y con ganas de llorar un rato, buscaba una piedra lisa en el muro para apoyar su espalda.

Sentada en la arena con las rodillas pegadas a su pecho, los brazos sobre ellas. la humedad le calaba un poco más el alma si cabe.

La noche estaba en silencio. Sólo se oía el agua calmada chocando por momentos con alguna de las piedras que formaban el muelle.

Miraba al frente. El leve danzar de las barcas y barcos casi imperceptible. La gran calma que reinaba la playa contrastaba con el desasosiego que reinaba en su cabeza. Todo iba mal otra vez. Sólo eran pequeñas cosas, pero eran demasiadas pequeñas cosas.

Las lágrimas caían por sus mejillas sin freno.

Pescadores furtivos rompen la calma de la noche. Frenan las lágrimas. Dos hombres buscan ingresos extras, o simplemente alimento para sus familias. Trabajo en equipo, duro, coordinado, rápido y silencioso.

Se van con la misma rapidez y cautela con la que llegan. En pocos segundos vuelve la calma.

Las lágrimas siguen dentro, pero las pequeñas cosas han perdido importancia.

Se levanta. Se despega de la fría piedra y de la humedad de la arena. Camina cabizbaja volviendo sobre sus pasos. Deshaciendo sus propias huellas...